Señor de verde con casco, gafas y auriculares que pilota un avión. Señor de verde joven, alto, guapo y fuerte. Señor de verde que dispara bombas, le escribo esta carta para comentarle un par de asuntos, bueno en realidad son más, pero diremos un par para abreviar.
Mi nombre es Samuel Rodríguez, y vivo muy cerca de la que fuese la judería durante la Edad Media en mi ciudad, Barcelona. Si, esa ciudad con nombre de club de fútbol en Catalunya.
Lo primero que le quería preguntar es que se siente al volar a tanta velocidad, debe de ser excitante, ¿no? Seguramente debe de sentirse muy cerca de los Dioses, casi debe de poder acariciarlos con la mano desde ese cielo tan azul que siempre hay en Palestina. Me gustaría volar, ¿sabe? Pilotar un avión, sentirme como un pájaro por unas horas, debe de ser una sensación tan… no sé… mágica. Me encantaría conversar con usted sobre ello, que me explicase sus sensaciones, sus experiencias, la sensación de soltar adrenalina por todos y cada uno de sus poros a varios miles de pies de altura, rompiendo la barrera del sonido, ensordeciendo a las nubes tan cerca de su Dios, que por cierto también es el Dios de todo aquel crea en él. No es mi caso.
Le invito de verdad a tomarnos unas cervezas, cuando no esté en horas de servicio claro, y así poder iluminar mi rostro imaginando lo que usted me explique: quiebros en medio de la nada, tirabuzones, picados y contrapicados, tan cerca del cielo como de la tierra. ¿O debería decir del infierno? Si, debería decir “tan cerca del infierno”.
Ustedes, señores de verde que vuelan, que sonríen e insultan a los pájaros, que se comunican con gestos de sus dedos de ventanilla a ventanilla en pleno aire, aprendices de TOP GUN… ustedes han creado el infierno en la tierra de Gaza. Eso es lo segundo que quería preguntarle, todopoderoso señor de verde, capaz de tocar a su Dios con el ala y de sonoreír al Diablo rojo, rojo como el botón de su joystick malvado (Esa especie de falo que preside su cabina, al que usted acaricia de forma onanista con la punta de sus dedos en guante de piel…) con la otra ala. Que se siente?
Debe de dar un inmenso placer, no? Sentirse amo y señor del futuro inmediato de quienes, como hormigas bajo la sombra de una bota, esperan la última vibración. ¿Que se siente al decidir sobre la vida de miles de personas? No, en serio, no hablo en broma. ¿Se debe de sentir importante, no? Porqué claro, volando tan cerca de Dios, asumo que él le ha dado permiso para hacer lo que hace, de otro modo no entendería que él (o ella) le permitiese tantas molestias en la puerta de su casa, ya sabe: humos, ruidos, pájaros asustados y esas cosas. Debe de ser por eso que se lo pasan tan bien allí arriba, porqué quizás es la mano de ese Dios suyo, la que apreta el maldito botón rojo. Esa era la segunda cuestión.
Para la tercera, cuarta, quinta, sexta… me las voy a preparar mejor, por si algún día puedo presentarlas ante un Tribunal Penal Internacional para los Crímenes de Guerra cometidos en Gaza. Pero solo, por curiosidad y ya no le molesto más (y que conste que yo paso de la lágrima fácil y de demagogias) pero, cuando llega a su casa después de una agotadora jornada laboral (hacen 8 horas también como aquí? 40 semanales? Aquí nos querían meter las 65 horas a la semana, pero hemos conseguido pararlo. Espero que a ustedes no les dejen hacer horas extra) y sus hijos le abren la puerta junto a su esposa, le preguntan si vio a Dios? Que afortunado debe de ser usted y su familia, no todo el mundo puede decir que trabaja en la casa del Señor.
PD: Perdone las molestias que le pueda causar esta carta, no era mi intención hacerle perder su valioso tiempo, pero antes de despedirme le digo una cosa: Tenga cuidado con los más de mil ángeles que han nacido en su infierno, no sea que alguno se meta en sus turbinas… y le haga caer en picado, de la mano de Dios claro está, hacia esa realidad que para usted solo fue una pantalla de color. De color verde, precisamente, como usted.
Hasta pronto,
Samuel.









